Los pueblos pesqueros catalanes reúnen lo mejor del mar. Algunos parecen salidos de una postal, otros tienen un toque glamoroso y los hay con aspiraciones culinarias. “Me gusta sentir el sabor del mar en los labios,” explica Agustí Bertomeu Ardit, recreándose en él. Sus ojos brillan tras los cristales oscuros de sus gafas de sol. Acaba de abrir una ostra, separa al resbaladizo molusco de la concha y se lo lleva a la boca. Nos ha llevado de excursión a los viveros de mejillones y ostras del pueblo pesquero de Sant Carles de la Ràpita. Estamos en una plataforma de madera en el mar, bañada por las olas y su aire salino.

No al turismo de masas

Media hora más al norte y en el extremo opuesto del Delta del Ebro, se ubica el tradicional pueblo pesquero de L’Ametlla de Mar. Cuando llegamos al puerto, justo están descargando en el muelle las cajas llenas de sardinas, gambas, anchoas y otros habitantes marinos recién capturados. L’Ametlla de Mar ha sabido guardar a debida distancia el turismo de masas. El paseo marítimo, flanqueado por palmeras y situado en una elevación, ofrece fantásticas vistas al mar. Port d’Aiguadolç, uno de los puertos de Sitges, recuerda a Ibiza. Frente a un telón de fondo de barcos amarrados en los muelles, cientos de pequeñas lucecitas serpentean, centelleantes, alrededor del tronco y las hojas de las palmeras.

Côte d’Azur de España

Calella de Palafrugell, Llafranc y Tamariu en la Costa Brava, en el Baix Empordà, todavía presentan el aspecto típico de un pueblo pesquero, como un maravilloso cuadro de ensueño. Están unidos por caminos costeros y enmarcados en magníficas bahías. No han sido barridos por el turismo
de masas ni por altos edificios de apartamentos. Nos imaginamos en la Côte d’Azur. De repente es como si hubiéramos entrado en una postal. En el corazón de Calella de Palafrugell, las casas blancas adornan con delicadeza la bahía, de forma alargada. Junto a los pequeños y pintorescos puertos, se abren calas de arenas inmaculadas. En la cala de Port Bo recorremos los pasajes entre las casas de pescadores. Los arcos dejan entrever los barcos pesqueros de madera recostados en las arenas blancas y el bailar de las olas contra las rocas que emergen del mar. Extasiados miramos a nuestro alrededor. ¡Qué alegría descubrir que la costa catalana todavía conserva pueblos como estos!

Universo surrealista

Concluimos nuestro viaje en la península de Cap de Creus. Para Salvador Dalí, este era el rincón más bonito del mundo. Con su mujer Gala compró varias casetas de pescadores en Port Lligat, que alimentados por la megalomanía del artista, convirtieron en su propio universo. Desde 1997 la casa alberga un museo, donde nos da la bienvenida un oso disecado ataviado con collares. Más tarde hacemos la ruta de Dalí en Cadaqués y visitamos varios de los lugares que plasmó en sus cuadros traducidos al surrealismo. Descubrimos que no todo es producto de la trastornada fantasía de Dalí, este pueblo posee impresionantes dotes fotogénicas. Las casas blancas que se agrupan en la bahía, decenas de barquitos de pescadores meciéndose al ritmo del oleaje, la elegante casa modernista Casa Serinyana. Sin duda, este lugar pide a gritos un lienzo y un pincel.

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